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Olimpiadas, de juegos sagrados a competiciones deportivas

En el año 394 los juegos olímpicos fueron suprimidos por un edicto del emperador Teodosio I. Concluían así 1.170 años de historia desde que se establecieron en la sagrada ciudad de Olimpia. Tras un silencio de siglos, un noble francés de exquisitos gustos, Pierre de Fredy, barón de Coubertin, despierta el espíritu olímpico. Esta es la historia de lo que sucedió.

La tradición helénica relata que tras numerosas pruebas y vicisitudes, el dios Zeus venció a su padre cronos en una lucha donde entraban en juego las fuerzas de la Naturaleza, en pugna hacia un liderazgo y un nuevo orden teológico en el Universo.

Zeus utilizó su devastador rayo para indicar el lugar exacto donde debía ser honrado. Y allí mismo, en lo más alto de un monte, se erigió su altar. A partir de ese instante el recinto se considera sagrado: se entregan ofrendas incinerando en un gran fuego purificador los bienes que se le presentaban. La oportunidad de ser elegido para encender la pira comienza a ser un honor extremadamente cotizado y su elección es confiada a la suerte de una carrera ritual.
Dispuestos los más jóvenes y vigorosos a una prudencia distancia, el sacerdote oficiante con una tea en la mano y a la orden de un grito o señal, emprendían una veloz carerra hacia el lugar señalado. El primero en llegar conseguía que se le atribuyese el honor de alumbrar el gran fuego ceremonial.

Este es pues el origen de los Juegos de Olimpia. Desde la antigüedad ya se celebraban Juegos, establecidos por Pelops, hijo de Tántalo. Según la tradición, el mismo Heracles fue uno de sus más afamados fundadores reuniendo allí a los Argonautas, en memoria de la expedición que condujo a Jasón y sus heroicos compañeros hacia la conquista del Vellocino de Oro.

Durante su desarrollo se detenían las guerras y se suspendían todo tipo de contiendas y luchas. Su duración era de siete días, el primero y el sexto estaban dedicados a oficios religiosos.

Las pruebas se iniciaban con una carrera sencilla, después el pugilato, el pancracio, lanzamiento de peso, carrera sin armas, carreras con escudo y yelmo, carreras de carros, el pentatlón… los atletas competían prácticamente desnudos y el vencedor era condecorado con una corona hecha de ramas de olivo (planta hiperbórea del jardín de Apolo), que crecía junto al templo de Zeus, en el monte Atlis.

Al principio estos Juegos tenían un matiz profundamente religioso; es muy probable que pretendieran una recreación de la unidad perdida de la Edad de Oro, cuando los hombres vivían en armonía junto a los dioses.

Los atletas representaban el misterio de la iniciación humana, es decir, la propia transmutación y perfección del hombre que camina hacia su evolución. Así, los atletas debían de cumplimentar una prueba ritual de agua, que estaría relacionada con el esfuerzo, con el cambio y el afán de superación de los propios límites. El triunfo representaba el don divino de la inmortalidad.

Muchos personajes y filósofos de la época participaban con verdadero entusiasmo en las Olimpiadas, siendo célebres y renombradas, por ejemplo, las victorias de Pitágoras y Platón.
En el año 776 a.C. los Juegos entraron de lleno en el escenario histórico con la constatación del primer vencedor olímpico conocido: el eleo Corebos. Tal vez no se sepa con exactitud en qué año fue conquistada Troya, ni cuándo fueron vencidos los átridas, ni en qué siglo murió Homero. Pero Grecia empieza a contar su Historia desde que se inscribe en mármol blanco la victoria de Corebos. Fue el más rápido en recorrer los 27 metros designados (no hay acuerdo en la determinación exacta de esta distancia, pero lo que sí podemos afirmar es que se trataba de una carrera de velocidad)

Los atletas representaban el misterio de la iniciación humana, la propia transmutación del hombre que camina hacia su evolución.

Desde aquél año, con una matemática periodicidad cuatrienal, los griegos se reunieron en la sagrada ciudad de Olimpia durante 1.170 años, hasta el año 393 de nuestra era, en que se celebró la última olimpiada. En el 394 los Juegos fueron suprimidos por un edicto del emperador hispano-romano Teodosio I. Para entonces las Olimpiadas habían sufrido cambios y en las etapas tardías se habían convertido en un mero espectáculo circense, abandonando el espíritu que inicialmente las había impulsado.

Las olimpiadas modernas

Tras un silencio de siglos, los comienzos de la restauración de las olimpiadas fueron confusos y agitados. En el s. XIX, con un ambiente internacional propicio, surgió la figura decisiva del francés Pierre de Fredy, barón de Coubertin. Para poder llevar a cabo sus ideas se rodeó de un selecto grupo de personajes influyentes en distintos campos de la sociedad. El 26 de noviembre de 1892, durante el transcurso de una reunión, propuso la restauración de los Juegos Olímpicos de la Grecia clásica. Entonces nadie le comprendió aunque todos aplaudieron su idea.

En una nueva sesión en el mismo lugar, el 21 de junio de 1894, se votó por unanimidad la restauración de los Juegos Olímpicos, constituyéndose el Comité Olímpico Internacional. Y allí mismo se decidió la ciudad y la fecha en que se reiniciarían los primeros: en Atenas, el 6 de abril de 1896.

Estos primeros Juegos planteaban espinosos problemas de carácter organizativo, ante lo novedoso que resultaba tan notable acontecimiento. No existían antecedentes cercanos que sirvieran de experiencia y de orientación; además, la penuria de medios financieros era absoluta. Afortunadamente, Coubertin se ganó el apoyo de la familia real griega, lo que sería en el futuro su mejor garantía. Para poder conseguir fondos se comenzó con la emisión de sellos (la primera de carácter deportivo), además de diversas aportaciones voluntarias que permitieron afrontar los primeros gastos. El acaudalado comerciante griego George Averof, residente en Alejandría, donó la fabulosa cifra de un millón de dracmas para la construcción del Estadio Olímpico, construido con mármol blanco extraído de las canteras del monte Pentélico: el mismo que había sido utilizado 24 siglos antes para la construcción del Partenón.

El rey Jorge I inauguró los Primeros Juegos Olímpicos modernos ante el entusiasmo de 70.000 espectadores. Tomaron parte 11 países y no participó ninguna mujer atleta. Tal vez, por una aferrada mentalidad antifeminista de la época o por el mismo empeño del barón en su obsesión de poder conseguir la implantación de los Juegos Olímpicos clásicos, en los que a la mujer le estaba prohibida no sólo la participación sino la asistencia al estadio como espectadora; aunque, por otra parte, se daban otro tipo de prácticas deportivo-ceremoniales, como las de los Juegos Hereos, donde sucedía lo contrario.

El ganador del maratón fue un griego llamado Spiridon Louis, pastor en su infancia, después albañil, panadero y cartero. Al inscribirse para participar realizó la siguiente dedicatoria: “Por el honor de Grecia”. Después de pasar la víspera de la prueba en ayuno y orando en piadosa vigilia, entró al día siguiente el primero en la meta, convirtiéndose en un héroe nacional y provocando un delirio multitudinario. El trofeo que le otorgaron fue un cáliz grabado en bronce… y la posibilidad de poder afeitarse gratuitamente en una prestigiosa barbería durante toda su vida.

Los siguientes Juegos no fueron tan afortunados. Tanto los de 1900 en París como los de 1904 en Saint Louis (EEUU) resultaron ser rotundos fracasos históricos. En una declaración realizada 36 años después por el propio barón al periodista André Lang, corresponsal del Journal, mantenía: “Tengo la impresión de que los franceses no han comprendido nunca mis ideas ni han sabido nunca lo que es el olimpismo”.

El descalabro de los Juegos Olímpicos de 1900 y la indiferencia generalizada motivaron que el barón de Coubertin se exiliara a Lausana; donde vivió hasta su muerte.

En 1908 Londres se hizo cargo de la IV Edición de los Juegos y en esta ocasión volvió a aflorar con esperanzadores augurios. Compitieron 32 países y las mujeres fueron admitidas oficialmente en algunas pruebas.

En 1912 Estocolmo fue la última Edición previa a la I Guerra Mundial. Aquí se implantó el cronómetro y la foto finish, se incluyó el fútbol y por primera vez se imprimió un cartel anunciador.

En 1924 se celebraron en París, desquitándose de esta forma el fracaso inicial. Las de 1936, en Berlín, fueron las últimas que pudo presenciar el barón de Coubertin, que murió en 1937. un año después, su esposa trasladó a Olimpia su corazón desde Francia, donde quedó en un monumento erigido en su honor, cerca del estadio y el altar en el que arde la llama olímpica.

SÍMBOLOS DEL ESPÍRITU OLÍMICO

La Antorcha: es el elemento ceremonial por excelencia. Inaugura la celebración de los Juegos y se enciende a partir de los rayos del Sol del amanecer. Representa simbólicamente al dios Zeus. Se sitúa en lo más alto del estadio desde donde preside el desarrollo de los Juegos y, al apagarse ritualmente, establece la clausura de los mismos.

La idea de encender la antorcha desde el mismo altar de Zeus en Olimpia y ser transportada por relevos sucesivos de atletas hasta la ciudad sede donde se desarrollarán los Juegos, a imitación de las lampadodromias o carreras de antorchas de la antigüedad helena, fue una idea del profesor alemán Carl Diem, secretario del comité organizador y amigo personal de Coubertin. Se establece oficialmente por vez primera en 1936, en los Juegos de Berlín.

La Bandera Olímpica: está constituida por los cinco aros entrelazados, en distinto color: de izquierda a derecha y de arriba abajo, azul, amarillo, negro, verde y rojo. Fue creada por el propio Coubertin, cuyo significado explicaba en 1913: “Estos cinco anillos representan los cinco continentes, ganados para la causa olímpica y dispuestos a aceptar fecundas rivalidades”. Fue aprobada en la 16ª sesión del Comité Olímpico Internacional (COI), desarrollada en París en 1914. Ondeó por primera vez durante la jornada inaugural de los Juegos de Amberes (Bélgica), unido al despliegue de centenares de palomas blancas como símbolo de paz.

Lema: Citius, Altius, Fortius. Más rápido, más alto, más fuerte, fue una creación del dominico francés Henri Didon, destacado pedagogo y amigo de Coubertin. Este lema fue lanzado en 1890 y adaptado al movimiento olímpico a partir de la primera edición de los Juegos, en Atenas, en 1896. Perfila el ansia de superación del ser humano a través del deporte.

Máxima: Lo importante no es ganar, sino participar. Fue pronunciada por el arzobispo de Pensilvania, en alocución dirigida a los atletas participantes de los Juegos de Londres de 1908.

Sobre el carácter amateur: El propio Coubertin consideraba que este era un concepto un tanto enquistado de un sector reducido de la población anglosajona. Y después de que analizaran los Juegos de Berlín, declaró a un periodista que lo que interesa es el espíritu olímpico y no es justo que solamente se puedan dedicar al deporte los millonarios. Debe de dar cabida y posibilidad de participación a todos los hombres que deseen vivir el espíritu olímpico.

José Luís Noeda.


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